Ambivalencia del Pragmatismo

Escribe: Alberto Bejarano Ávila.-

No está demás reflexionar sobre la ambivalencia del pragmatismo. Al pragmático se le tacha de calculador, inmutable, exigente, obsesionado por metas y resultados, rasgos positivos si se juzgan desde el enfoque empresarial, pues al fin y al cabo aquellos rasgos describen bien al empresario diligente que tiene por objetivo que su empresa sobreviva, crezca y prospere y ése es un realismo respetable del cual sólo se puede disentir cuando el empresario esquiva la responsabilidad social, es injusto con sus empleados o si, para obtener beneficio personal, cohonesta o no se inmuta con los graves daños que la politiquería ocasiona a la sociedad.

Sin duda el empresario pragmático y ético no admite la corrupción al interior de su empresa y rechaza la incompetencia, la pereza, la falta de compromiso, la indisciplina y los arrebatos narcisistas y, cuando tales vicios se dan, toma decisiones para extirparlos de raíz y establece claras políticas, métodos y recursos para atraer talento, iniciativa, creatividad, integridad y lealtad y, con visiones y hechos incluyentes, se ocupa de forjar una cultura corporativa que afirme en el capital humano una consciente y firme voluntad de trabajo en equipo. 

Ahora, siendo los estamentos sociales, culturales, académicos y económicos el súmmum de la sociedad, entonces ellos son, de hecho, empresarios del desarrollo tolimense, deducción que lleva a preguntar: ¿por qué el pragmatismo decente es vital en la empresa pero estorbo en la política? Razonable es esperar que los genuinos empresarios del desarrollo tolimense (hoy la política significa atraso) decidan suprimir de raíz ese pragmatismo insano del inepto, oportunista y narcisista y definan claras maneras de dotar a la política de idoneidad, lealtad, rectitud, creatividad y democracia, virtudes capitales para construir el desarrollo del Tolima cimentado en una cultura identitaria y sinérgica que posibilite el bienestar común.

Si la política hoy no origina identidad, unidad, bienestar y desarrollo, entonces “esa política” es inútil y por tanto debe dar paso a una política eficaz; así de sencillo es éste otro reto para el empresario del progreso. La gestión privada del desarrollo es exitosa donde la excelencia democrática, la ética y el talento rigen la gestión pública y de ahí que primero sea el modelo de desarrollo regional y la ruta a seguir y, luego sí, un sistema político-electoral que admita que el progreso emana de la calificada simbiosis de lo privado y lo público, simbiosis que se rompe cuando en lo público medra al interés innoble y lo privado se lo permite. Creo que los responsables del desarrollo tienen sincero interés en hacerlo realidad, pero tal interés, la historia lo dice, no ha logrado los resultados esperados porque la praxis correcta, rigurosa y ética que exige el desarrollo fue subyugada, deformada y empequeñecida por un pragmatismo politiquero sin ética, visiones, ideas y proyectos y por tanto incapaz de llevar al Tolima hacia el progreso. La vía al desarrollo va en sentido contrario a la vía del politiqueo y por ello, mientras éste exista, lo público y lo privado nunca caminaran hacia el mismo lado.

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