Compras navideñas, la tortura de fin de año

Escribe: Alejandrito “mijo”*.-

Estamos a pocos días de celebrar la Navidad, una época que si la vemos con los ojos de la realidad, es una verdadera tortura que incluye ilusiones, sueños, deseos, pero a la vez  lágrimas, frustración, carreras y el tener que enfrentarse a desorbitados precios.

Luego de casi diez meses de pandemia, los bolsillos están limpios y hasta el marranito donde se depositaban las moneditas del casi normal “ahorro” ya fue saqueado.

Por eso, para evitar las lágrimas y poder cumplirle a todos aquellos que queremos entregarles un detalle, debemos observar ciertas medidas para no seguir llorando durante el 2021, a causa de una posible pobreza extrema o de unos créditos asfixiantes.

Lo primero que debemos hacer es una lista de las personas a las que deseamos entregarles un detalle, ocupando el primer lugar en esa lista, los niños. Realizado lo anterior hay que mirar con qué presupuesto contamos sin incurrir en créditos. Recordemos que todos los créditos son venenosos y casi eternos como los créditos bancarios y los gota-gota.

¿Dónde comprar? Buena pregunta, pero depende del estrato y la capacidad adquisitiva. A ninguna persona –a menos que sea un enemigo–, le recomendaría ocmprar en las grandes superficies o almacenes de cadena y menos si estos son extranjeros. Por lo general en estos lugares los productos tienen un sobreprecio debido a que el canon de arrendamiento es bastante oneroso y el comerciante jamás estará dispuesto a perder. Además no tiene por qué perder. Las grandes superficies son para los narcotraficantes, los congresistas o para aquellos que devenguen mensualmente entre cuatro y cinco salarios mínimos.

La opción para la clase media son los almacenes populares: Mercacentro, Vendemás, Surtitodo, Chapicentro, Arturo Calle y algunos almacenes populares en los barrios.

Algo que debemos evitar son los productos de marca, primero porque son costosos, y en segundo lugar porque la mercancía es “chiviada”, falsa, con marquillas Made in USA, Made in Taiwan, Made in Japón, Made in China y otras más.

Hace muchos años descubrí en Bogotá algunas personas que fabricaban zapatillas exactamente iguales a las que vienen del extranjero, y las venden con marquillas extranjeras. Pero igualmente en Bogotá conocí en el barro Restrepo, una fábrica de marquillas; allí le venden lo que necesite, marquillas de Adidas, Running, Training, Fila, Lacoste, Nike, Gucci y otras más, pero como el “extranjerismo es delicioso”, caemos en la trampa de los productos de marca, y no solo a nivel de zapatillas sino de jeans, ropa de vestir y otros elementos. Pocos son los que saben que en Colombia se producen jeans, chaquetas y otros artículos que se envían a otro país donde les colocan la marquilla de rigor y supuestamente es una prenda extranjera… pero hecha en Colombia. Y con esto, aparte de caer en un vulgar engaño, está afectando la economía colombiana. Es increíble, pero me decía una fabricante de jeans, que cada prenda tenía un costo promedio de fabricación de $30.000 o $35.000. Esa prenda es llevada al exterior y de allí la devuelven con marquilla y manifiesto de aduana y en los almacenes puede llegar a costar entre $150.000 y $180.000.

Las compras a crédito igualmente son  para personas pudientes, aunque el sistema más venenoso es a través de las tarjetas de crédito, sin importar que estas sean a través de un banco o de almacenes que expiden algún tipo de tarjeta para “enganchar” clientes, como éxito o Falabella entre otros.

Debemos evitar también los almacenes con nombres extranjeros. En el 2001 estaba en Bucaramanga y vi en una de las tiendas de Gino Pascalli, una camisa que me gustó; la compre, era de color verde manzana, que en la primera lavada quedó blanca. En otra oportunidad, hace dos años, me regalaron un bono de $50.000 de Renato Maselli y cualquier día vi en una de sus vitrinas una guayabera hermosa. Costaba $125.000, di el excedente, entregué el bono y la compré. Me sirvió para una sola postura porque la tela era tan mala que se arrugaba con el roce del viento. Son consecuencias del “extranjerismo delicioso”, pero caemos. 

Cualquier día necesita comprar un radio con desprtador y entre a Home Center; allí costaba $80.000 y de marca pajarito. Obviamente no lo compré, me subí a Chapicentro y allí conseguí el mismo radio, de la misma marca por $22.000. Sin embargo eso no es nada: Otro día en Home Center vi una silla de gerencia y aparte de que no la pude armar correctamente porque tiene un imperfecto, los descansabrazos se dañaron a los dos meses, y me costó la “bobadita” de $360.000.

Por eso ya no acudo a las grandes superficies ni compro nada con tarjeta de crédito. Es más; hace 20 años renuncié definitivamente a ella y a los bancos.

Veamos un ejemplo clásico y muy frecuente de una compra con tarjeta de crédito: Compramos un televisor de $1´500.000 a doce meses. A esta suma le agregamos el 19% correspondiente al IVA –porque el IVA sigue afectando al comprador y no al comerciante que por lo general se lo pasa por la faja. El “Día sin IVA” es un cuento chino–. Esto nos da un subtotal de $1´785.000, y a este valor le agregamos el 33% correspondiente al interés promedio normal por compra con tarjeta de crédito para un gran total de $2´374.050 pesos más, pesos menos dependiendo de lo “garoso” que sea el banco. Esta sería la suma final que pagaría el cliente, siempre y cuando sea cumplido en el manejo del crédito para evitarse los intereses de mora, lulo, piña y maracuyá.

Si tienen la oportunidad de comprar algo, de entregar un pequeño detalle a sus seres queridos, aprendan a comprar, no se dejen deslumbrar por la publicidad y menos por las ofertas y los anuncios: descuentos hasta del 50% y hasta del 70%. Eso es tan falso y tan maquiavélico como las monedas de cuero.

*Alejandro Ibarra, Comunicador Social, Publicista – Diseñador y Profesional en Asesoramiento Técnico Publicitario.

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