Cooperativismo tolimense, después del Covid-19 (III)

Escribe: Alberto Bejarano Ávila.-

Es verdad de Perogrullo que algunos gestores cooperativos muestran la rentabilidad como único indicador de “óptima gestión empresarial”, pragmatismo ortodoxo no criticable dado que ello en gran parte permite tener balances sólidos, pero el buen cooperativista sabe que la avidez rentística devasta lo social (neoliberalismo) y, por ello, en las cooperativas la teoría (principios, doble finalidad, etc.) debe guiar una práctica concordante con su visión misional sociopolítica, cual es democratizar la economía.

Mientras ésta no sea su explícita misión, el cooperativismo no merecerá el distintivo de economía solidaria, opuesta a la neoliberal. 

Para evitar la connotación politiquera, la visión misional sociopolítica de las cooperativas ha de emanar de lecturas del orden social, histórico y geopolítico en los que ella actúa, lectura contextual que esclarece su visión y su misión y de ahí el por qué acoger las ciencias sociales como guía para idear y formular lineamientos estratégicos de corto, mediano y largo plazo.

El asunto de la autenticidad cooperativa no se satisface teorizando sobre virtudes en forma abstracta hasta convertir su discurso en palabrería insulsa, como en el politiqueo, pues los planes y las acciones cooperativas deben revelar rasgos diferenciadores en la economía.

La construcción de tal impronta distintiva exige que la gestión cooperativa, entendida como concepto de orientación, planeación y dirección de la entidad y no como mezquina ocasión de poder o imagen personal, se oriente a objetivos de gran alcance social, es decir, la gestión cooperativa se caracteriza por la ética, la perspectiva histórica, el pensamiento sistémico y sinérgico y el trabajo en equipo y, desde luego, por estar sustentada en las ciencias sociales y en idoneidades de alto valor en asuntos financieros, administrativos, tecnológicos, etc.

El bidimensional modelo cooperativo es más complejo de gestionar que el unidimensional modelo de empresa lucrativa, pues a las cooperativas con diáfano y auténtico sentido social confluyen sueños, necesidades, saberes y sinergias colectivas, mientras que la lucrativa sólo gestiona su desde luego legítimo interés económico, es decir, en la cooperativa las personas serían tacitas aliadas de una gran causa común y en la lucrativa las personas son solo “factor de producción y rentabilidad” y esa diferencia es esencial para comprender la naturaleza y las fortalezas de las cooperativas y para concebir su correcta visión estratégica.

Este tema es denso y exige exámenes que llenarían muchas páginas (urge crear el centro de pensamiento cooperativo), pero digamos por ahora que los cooperativistas orgánicamente tolimenses, mediante diálogo informado y sincero, deben acordar lineamentos ideológicos y estructurales y un cambio conductual para así alinear la dimensión sociológica tolimense con su visión empresarial y trenzar el compacto y extenso lazo humanista, organizacional y político-regionalista que debe caracterizar y tutelar el desempeño y económico y financiero cooperativo.

Hoy muchos no cooperativistas dicen que el Covid-19 desenmascaró el engaño neoliberal y que, frente al futuro, el cooperativismo es la solución, falta saber si tal sentir es compartido por los cooperativistas tolimenses y cuál será su respuesta a tan grande desafío.

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