El fracaso del socialismo: lecciones para Latinoamérica

Escribe: María del Alba Orellana.-

Si Latinoamérica quiere prosperar, debe aprender, como Alemania, a derribar muros.

La caída del Muro de Berlín, acaecida el 9 de noviembre de 1989, es uno de los sucesos más memorables de la segunda mitad del siglo XX.

Las imágenes registradas por millares de cámaras y repetidas al infinito por canales de televisión de todo el globo emocionaban, no sólo como registro de un momento histórico de alto impacto, sino sobre todo como símbolos del valor, energía y alegría de la libertad.

A este suceso de alto voltaje emotivo le seguirá casi un año después un segundo hecho, esta vez de carácter jurídico. Evento del cual se cumplieron ya 30 años, pues el 3 de octubre de 1990, ambas Alemanias acordaban oficialmente su unidad, marcando un antes y un después para su historia, la de Europa, y la del mundo entero.

En un contexto de restricciones pandémicas, Alemania celebró el pasado 3 de octubre con discreción el “Día de la Unidad Alemana”, evento que también podemos mirar desde una perspectiva latinoamericana, extrayendo dos grandes lecciones:

Lección No. 1: El desarrollo va de la mano de la libertad.

En primer lugar, para todo aquel que detente la más básica de las honestidades intelectuales, la secesión de Alemania exhibe las diferencias de nivel de vida y bienestar entre un régimen que respeta las libertades individuales y otro que las cercena. Fue evidente el rotundo fracaso de la planificación centralizada de la economía para brindar un mínimo de bienestar y alegría.

Tal como lo revela el Índice de Libertad Económica elaborado anualmente por Heritage Foundation, aquellos países con mayor respeto por los derechos individuales, protección a la propiedad privada, libertad contractual, menor presión fiscal y niveles razonables de gasto público son los más prósperos. Siempre. A la fecha, un cierto número de países que ocupan los últimos lugares de esa lista son latinoamericanos.

Lección No. 2: Los muros pueden ser derribados

Durante los últimos 50 años al menos, Latinoamérica ha oscilado pendularmente entre regímenes de izquierdas y derechas, pero con un claro predominio de ideologías estatistas más similares, en tal sentido, al carácter político de Alemania Oriental. Como excepciones, podemos mencionar algunos breves períodos o gobiernos más orientados hacia las ideas de la libertad, tales como los del Presidente Sebastián Piñera en la República de Chile, electo en dos oportunidades, o el del Presidente Luis Lacalle Pou en la República Oriental del Uruguay.

La propia canciller alemana en funciones, Ángela Merkel, declaró recientemente que algunas restricciones implementadas en el marco de la crisis del Covid-19, la llevaron a recordar su infancia en la Alemania comunista.

¿Podríamos hacer esta comparación entre Alemania Oriental y Argentina, por ejemplo? Claro que sí. En materia económica, tanto empresas como particulares se apresuran a planear una salida del país “antes de que sea demasiado tarde”. Desde multinacionales como Coca Cola hasta cientos –o tal miles– de personas físicas se plantean “saltar el charco”. Atraídos por las políticas y beneficios fiscales implementados por el gobierno de Lacalle Pou, consultan sobre oportunidades de radicación del otro lado del Río de la Plata.

La balanza de Latinoamérica

Si algo nos enseñó el proceso de caída del muro y la reunificación de Alemania es que la pérdida de la libertad no es necesariamente un destino irrevocable. Sólo hacen falta estadistas, que emulando a Ronald Reagan y su celebre frase “Mr Gorbachov, tear down this wall”, ejerzan el poder de seducirnos y convocarnos a desafiar los totalitarismos. Si Latinoamérica aspira a prosperar, es menester aprender, como Alemania, a derribar muros.

T. de PanAm post

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