Época de transición

Escribe: Alberto Bejarano Ávila

Los gobiernos no dan la talla y la pobreza y otros problemas siguen su curso.-

Noviembre y diciembre del 2019, eso creo, es época de transición entre lo mismo y más de lo mismo. Los elegidos se aprestan a posesionarse, las empresas a cerrar balances y planear tareas, la universidad a matricular, las organizaciones sociales entran en calma chicha y los ciudadanos a esperar la fiesta decembrina y, luego, el decreto del salario mínimo y la cuesta de enero que nos harán cavilar en cómo sobreaguar en 2020.

Como en 2019 nada novedoso ocurrió en la tierra, entonces, salvo la protesta social en curso, no hay motivo de optimismo sobre el futuro próximo, sólo la certeza de empezar otro año duro e incierto para casi todos.

A veces uno cree excederse en escepticismo cuando oye de excelsas rendiciones de cuentas, de prolijas e inéditas gestiones de gobierno, del progreso tolimense o cuando observa fotos antiguas y las coteja con “estampas de la modernidad”.

Ante estos espejismos uno quisiera agradecer tanta “idoneidad”, pero el deseo no dura, pues la realidad “lo aterriza” al mostrar cifras y pruebas irrefutables de cómo en el Tolima los índices que revelan el nivel de calidad de vida son negativos y acusadores: falta de oportunidades, desempleo, subempleo, calidad del empleo, pobreza, inseguridad, insolidaridad, deserción estudiantil, exclusión, migración, etc., indican que el tal progreso es falso y, aun así, la soberbia pretende subyugar la razón.

Claro, podríamos estrenar año decididos a iniciar una digna construcción social, económica y ambiental para los tolimenses. Pero ello es utopía porque desde siempre o desde años ha, no sabría decirlo, dejamos de preguntarnos el por qué del atraso regional o lo justificamos arguyendo que ello sucede en toda Colombia (“mal de muchos, …”) y así nos enclaustramos en una letárgica y tonta zona de confort para defender banderas ilegítimas, plagiar visiones de desarrollo, argüir tesis ajenas, juzgar al crítico de izquierdoso y loar lo mediocre, cuando, justamente, los tolimense tendríamos que ser críticos severos de nuestra propia historia.

No quisiera parecer caustico, pero no encuentro forma diferente de decir que si bien existen valerosos defensores de causas, digamos que puntuales (derechos humanos, género, medio ambiente, paz), nunca quisimos acordar una causa regionalista que englobe políticamente todo lo justo y de ello la paradoja de que en redes sociales los tolimenses viralicemos videos y textos del pensamiento vanguardista del mundo, citas y apologías de líderes insignes, pero eludamos construir pensamiento propio y rechacemos cualquier intento al respecto. Parece que somos pensadores monásticos más no orgánicos y de ahí esa soporífera zona de confort donde la crítica es lúcida pero no se asumen compromisos para erradicar lo criticado.

Entristece que el tiempo pase y aquí no pase nada, que la crítica fluya pero no la praxis, que no cuestionemos principios, valores y practicas anacrónicas para que surjan nuevos criterios de lucha y, frente a ello, sólo queda porfiar en que urge construir ideas propias de desarrollo y política que no polaricen y sí nos unan alrededor de tareas redentoras del Tolima.

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