Sobre la honradez intelectual

Escribe: Alberto Bejarano Ávila

Una larga cita de Gus Speth nos sirve para reafirmar la certeza de por qué las soluciones al atraso fallan: “Solía pensar (dice Speth) que los principales problemas ambientales eran la pérdida de biodiversidad, el colapso del ecosistema y el cambio climático.

Pensé que treinta años de buena ciencia podrían abordar esos problemas. Estaba equivocado. Los principales problemas ambientales son el egoísmo, la codicia y la apatía y para hacer frente a esos problemas necesitamos la transformación cultural y espiritual y nosotros los científicos no sabemos cómo hacer eso”. Éste, a mi juicio, es un testimonio de honradez intelectual.

Lo dicho por el reputado ambientalista es aplicable, casi que textualmente, a la cuestión del desarrollo regional, pues nadie negará que a toda hora y, claro, por mucho más de 50 años, los “científicos” (para el caso los tecnócratas, los analistas económicos, los palabreros de la política y el aparato mediático como su portavoz) proponen recetas para lograr el desarrollo tolimense y, como respuesta a su facilismo teórico, la realidad nos devuelve más atraso, un “toma y dame” que se convirtió en círculo vicioso de “buenas teorías” y malas realidades.

Ante el fiasco de sus recetas, nuestros “científicos” deben admitir que las causas reales del subdesarrollo son la egolatría, la avaricia, la ausencia de identidad y la docilidad y que, “para hacer frente a esos problemas”, se necesita una reconstrucción moral, cultural, ideológica (regionalismo) y que “ellos no saben cómo hacer eso”.

La rectitud intelectual de quienes sí podrían objetivar las ideas subjetivas, permitiría que los científicos sociales (historiadores, antropólogos, sociólogos, psicólogos sociales, juristas, semiólogos), como equipo con buena dirección, reconstruyan socialmente al Tolima y así, es fácil de entender, la economía sería el medio y no el fin y el economicismo dejaría de ser la estrella polar del desarrollo.

Un estadista diría, creo yo, que tienen que construirse profundas bases morales para poder empezar a construir una buena economía regional y no al revés, pues las economías, cuando son mezquinas y salvajes, destruyen sociedades, pero, tristemente, eso de bases culturales, morales, ideológicas, parece lengua sánscrita, que no se entiende o no quiere entenderse y por ello la idea disruptiva (pensar fuera de la caja) suele ser desoída. Éste sería el origen del círculo vicioso de “tesis buenas” y realidades malas que, por décadas, convirtió en votos las penurias de los tolimenses y facilitó el indebido usufructo de sus riquezas naturales.

El problema es que todo cuanto tenemos que cambiar constituye en sí mismo el antídoto o “la contra” que impide originar los cambios y de ahí la insistencia en que no deben esperarse soluciones para el atraso de quienes causan el atraso y, por tal razón, la hoja de ruta del futuro tolimense debe indicar por qué y cómo la reconstrucción moral, ideológica y cultural (que “los científicos no saben hacer”), pondría fin a la inercia regional. En ello he trabajado y confío que un buen día soplarán vientos favorables para compartir los resultados.

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