El Tolima es universal… ¿Lo sabías? (I)

Escribe: Alberto Bejarano Ávila

La llamaré “la paradoja de ser pero no saberlo”, paradoja que intentaré explicar recordando que los exegetas que ignoran la historia tolimense o no asocian su historia con las realidades actuales, al pontificar sobre apertura comercial y otros asuntos, a veces abstractos, arguyen que los tolimenses debemos ser ciudadanos del mundo, tesis tonta porque desde hace más de setenta años (desde los días de la violencia) obligadamente empezamos a ser universales y hoy nuestra universalidad es madura, pero, a ésta altura del siglo XXI, parece que algunos aún no lo saben y por tanto podríamos estar frente a una innegable y halagüeña primicia.

El Tolima jamás brindó a sus jóvenes positivas y verdaderas oportunidades de vida o siquiera expectativas, sólo promesas y claro, la opción de seguir la vía del politiqueo. Tan inadmisible y vergonzosa negligencia la ocasiona la opaca visión y gestión del desarrollo tolimense que genera pobreza y exclusión, males sociales que, a su vez, obligan el incesante éxodo de hijos, hermanos y amigos hacia otras regiones o países en busca de oportunidades que su tierra les niega y que, aunque muchos dirigentes hagan oídos sordos, para el Tolima significa fuga del talento, desintegración familiar y anemia crónica en los relevos generacionales.

El incesante éxodo, que la academia y los gobiernos se resisten a dimensionar con rigor, ha llevado a que en todo lugar del mundo hoy los tolimenses hagan presencia y que por tanto éste sea un rasgo distintivo de la tolimensidad y ello significaría que nuestro primitivismo no radica en vivir de espaldas al mundo sino en ignorar que desde hace muchos años somos universales y que ésta es demostración de cómo en el Tolima se dan complejos escenarios histórico-sociales que los dirigentes de viejo cuño, por su anquilosada mentalidad, no logran comprender o de adrede evaden porque podrían amenazar sus ególatras intenciones.

Un axioma dice: “Lo malo no es la fuga de cerebros, lo malo es la fuga de corazones”. Anima saber entonces que el terruño vibra en el alma de cada tolimense en la diáspora, pero aflige ver como el Tolima es “autista” frente a las carencias, nostalgias y sueños de quien emigra para realizarse como persona y ayudar con sus remesas a sus familias. Por experiencia y no por una ética social que honre al tolimense donde él se encuentre, sabemos que quien parte sufre “las verdes y las maduras”: xenofobia, desarraigo, culturas distintas, nostalgias; pero igual conoce qué es modernidad, bienestar, buen vivir, convivencia civilizada, solidaridad.

Esas buenas y amargas experiencias hacen de la diáspora (¿el 50% de los tolimenses?) el Tolima universal que para muchos es asunto enigmático. Podría afirmarlo y sustentarlo con razones lógicas, que nuestra diáspora (tan tolimenses como quienes habitamos el Tolima), mental, circunstancial y profesionalmente hoy es más idónea que nosotros para aportarle al progreso, pues personifica oportunidades que los responsables del desarrollo tolimense subestiman y no las asocian a la visión de nuestro futuro.

Continúa…

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