Los estúpidos y el Estado: la peor dupla de la cuarentena

Escribe: Marcelo Duclos.-

Agustina Princeshe, el personaje del día en Argentina. ¿El Gobierno? Agradecido ante la distracción, los insultos generales y el foco puesto lejos de las urgencias económicas.

Una mujer que transmitió desde su Instagram cómo violaba la cuarentena para encontrarse con un hombre, le permitió al Gobierno otro operativo público de escarmiento y ejemplificación para la sociedad en general.

No voy a sumarme a la lapidación mediática de la mayoría de mis colegas para con la celebridad del momento en Argentina, con motivo de romper la cuarentena para pasar la noche con un hombre. Lo voy a hacer por otra cosa: porque es una estúpida que ha contribuido con el espectáculo mediático de un Gobierno que aprovecha estas situaciones para hacer gala de un poderío que no tiene, mientras continúa generando descalabros en el ámbito económico.

Alberto Fernández y compañía dijeron desde el primer momento que tienen “todo planeado”. Los hechos demostraron que no tienen nada absolutamente bajo control y que la improvisación del Gobierno argentino es asesina. La triste escena de los jubilados amontonados para poder cobrar el pasado viernes es una muestra de todo esto.

Sin embargo, las autoridades se jactan del control policial que se encuentran desarrollando: “cyber patrullaje” en redes sociales, controles con autoridad de quitarle el vehículo a la gente y arrestos, procesos judiciales detenciones para los que no tienen una respuesta clara que ofrecer si lo encuentran caminando por la calle.

A ver, no estoy incentivando a “hacer como si nada” en esta dramática circunstancia. Claro que no. Los horrores de Italia, España y Nueva York son destinos que tenemos que evitar casi que a cualquier precio. En mi caso personal, mi cuarentena ortodoxa (o bastante ortodoxa, para ser justo) comenzó antes del toque de queda oficial. Cuando Fernández se dirigió al país confirmando lo que se venía, hacía varios días que yo no subía a un autobús, al metro, que no iba a la oficina y mi alacena y refrigerador estaban al límite.

No necesité de la autoridad gubernamental para darme cuenta que era un riesgo estar en la calle como antes. Fui responsable del día uno porque entiendo que el Estado no puede cuidar a nadie. También comprendo que ante una enfermedad como ésta, aunque yo “estaría»” dentro del grupo de menor riesgo de muerte, puedo convertirme en un arma letal asintomática, por ejemplo, para con mis vecinos mayores a los que les hago las compras.

Como digo que me encuentro respetando la situación con bastante responsabilidad desde antes que sea obligación, también reconozco que no pienso ceder toda mi libertad al dictamen de la autoridad central. En este mes de confinamiento mis salidas más allá de las compras de alimentos han sido ínfimas pero podría reconocer alguna que otra bajo tortura. Quedarán un par de anécdotas para compartir, si es que en algún momento tengo hijos, sobre la madrugada que tuve que sobornar a un vendedor por chocolates en horarios prohibidos. Conseguir un chocolate después de las ocho de la noche tiene los mismos riesgos que comprar marihuana. Menos mal que ya estoy viejo para eso…

En realidad, puede que haya alguna anécdota cuarentenil más divertida, pero me la tengo que guardar para mi. En momento de la dependencia a internet y el cuasi exhibicionismo total, muchos de nosotros tenemos el impulso de compartir estas historias automáticamente en las redes sociales. No hay que hacerlo. Claro que no. Es una estupidez. Debemos conformarnos las conversaciones de los más íntimos y esperar a que proscriban estos pecados contemporáneos. No es momento para el fetiche de los likes y los followers. Pero como hay gente que no comprende la gravedad de la situación y pretende salir por cualquier cosa, hay otros que deciden transmitir por internet sus escapadas eventuales. De nuevo, no pretendo ser el guardián de la moral y ruego a la gente que se quede adentro todo lo más que pueda.

Pero si alguien decide visitar a un amigo que tenga un problema, ir a pasar unos días a la casa de alguien, salir de su domicilio para pasar la cuarentena en otra propiedad, o escaparse para compartir una noche de amor, lo menos que puede ser es decoroso. No pido la ejemplaridad de robot de la que hablan varios colegas por tevé, de los que si se supiera las cosas que yo sé de más de uno, varios deberían buscar nuevo oficio. Solamente invito a limitar al máximo las salidas y algo de prudencia en la publicidad de los comportamientos non sanctos, que deberían ser reducidos al extremo.

Agustina Princeshe, vecina de Avellaneda, decidió correr el riesgo de ingresar a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, para pasar la noche con alguien. Como dice Carlos Maslatón, “le falló el operativo” y fue escoltada de nuevo a su domicilio. Sin embargo no se dio por vencida. Una vez que se alejaron los oficiales hizo un segundo intento encerrada en el baúl del taxi. En esta oportunidad pudo llegar junto a Cristian, el hombre del que hablan los medios pero nadie le conoce la cara, pero luego de la noche de amor tuvo que rendir cuentas ante la ley. Resulta que, no conforme con la aventura clandestina, Agustina grabó y transmitió su incómodo viaje en su cuenta de Instagram.

De esta manera, la policía no tuvo ningún inconveniente en localizar a una persona que reconoció en vivo y en directo que estaba violando la normativa vigente para una salida nocturna y así realizar el show mediático previsible. En un operativo delirante, las fuerzas de seguridad, como si no tuvieran cosas más importantes que hacer, se apersonaron en el domicilio de la mujer y le comunicaron que se le iniciarían las respectivas acciones legales. Si tanto desea el Gobierno implementar nuevos impuestos para conseguir recursos ante esta emergencia, en lugar de seguir incrementando la carga fiscal de las empresas agobiadas, deberían cobrar multas a la estupidez.

El show mediático que generó el operativo le dio al Gobierno la escena audiovisual ideal para recordarnos que si violamos la cuarentena, nos va a ir muy mal. De más está decir que la moralina de los periodistas televisivos para cuestionar la finalidad de la escapada tuvo su máximo apogeo inquisitorio. Por mi parte me limito a cuestionarla por su comportamiento superficial, infantil, irresponsable y vulgar.

De la misma manera que ante esta enfermedad no aplica la responsabilidad e irresponsabilidad individual, ya que si somos irresponsables jodemos al resto, el comportamiento de esta mujer no se limitó al dolor de cabeza judicial que le espera. Nos jodió un poco a todos dándole letra a un Gobierno que necesita mantenernos ocupados en estas frivolidades, ocupando a las fuerzas de seguridad dos veces en estupideces y dándoles a los comunicadores inquisidores, dueños de dudosas morales, una oportunidad única para destilar veneno e hipocresía.

T. de PanAm Post 

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