¿Quién quiere liberarse de la libertad?

Escribe: Asier Morales Rasquín

La noción de libertad es subjetiva. (Foto: Flickr)

Aún si deseáramos liberarnos de la libertad, nos quedaría la responsabilidad. Después de todo, solo los asesinos juegan a escapar de ella.

Solemos dar por sentado el lenguaje, pero ignorar que usamos diferentes significados para las mismas palabras puede dar pie a grandes malentendidos y, ocasionalmente, a tragedias.

Hay un selecto grupo de palabras que utilizamos con la frecuencia del automatismo, de manera que pocas veces nos detenemos a examinar si nos referimos a lo mismo que nuestro interlocutor.

Lo que una buena parte del mundo llama libertad –quizás la mitad–, es sustancialmente diferente a lo que entiende otra buena parte del mundo –tal vez la otra mitad–.

Las condiciones

De un lado, podemos juntar simpatizantes de vertientes colectivistas, que tienden a criticar el libre mercado en la búsqueda de una igualdad desconocida, ante las carencias que sufren los más desprotegidos. Es seguro que existen diferencias entre subgrupos internos; sin embargo, me interesa resaltar la versión general de libertad que utilizan, no siempre de manera explícita.

Dado que los problemas que desea solucionar esta parcialidad son las desigualdades y malestares materiales, su versión de libertad alude a la ausencia de tales penurias. Es decir, se esfuerzan en liberar a un importante sector de ciudadanos, de las difíciles condiciones que los oprimen o que les generan insatisfacción.

Podemos notar que se trata de un uso peculiarmente limitado del término. Para empezar, su ejercicio requiere una fuerza externa que “libere”, de manera que el ciudadano es un ente pasivo, indefenso, víctima de circunstancias axiomáticamente fuera de su influencia. Algo más debe liberarlo; lo que nos lleva a preguntar si, ese alguien o ese algo más, no será otra condición material que eventualmente manifestará su cualidad opresiva.

Adicionalmente, esta aproximación al tema, construye un techo irreal a la existencia humana. Constituye una versión negativa de la libertad, que se contenta con retirar elementos indeseables; no hay hacia dónde conducirse con ella, tras el fin de las mencionadas limitaciones. La única cosa capaz de generar ésta restringida manera de liberación, es la interacción entre ciertas condiciones; las personas son poco más que espectadores inoperantes.

Decidir

Existen otras versiones de libertad, por suerte. Sin hacer referencia a complicadas teorías, podemos indicar que se fundamenta en la posibilidad de decidir y actuar. Aquí nos encontramos con una concepción diferente del ser humano, otra antropología, desde la que no nos toca solo ver lo que sucede y esperar la mágica conjunción astral de condiciones, sino que somos co-partícipes o co-creadores de las condiciones.

Es cierto que en las sociedades complejas, como en las que vivimos, la decisión de uno solo representa una ínfima parte del inconmensurable entramado de todas las decisiones; pero el hecho de que sea pequeña, no quiere decir que no exista o que no sea relevante.

En la misma línea, que el ser humano tenga la posibilidad de decidir, no quiere decir que desaparezcan condiciones externas complejas, a veces inmóviles o supremamente difíciles de alterar. Tampoco hace falta sumergirnos en las frecuentes versiones de omnipotencia que asumen que todo es posible, que querer es poder y que las circunstancias las creamos a placer a partir del “pensamiento positivo”. Recordamos una frase atribuida a Bruce Lee, exagerada como él: “Al diablo las circunstancias, yo creo las oportunidades” (hell with circumstances, I create opportunities).

A nadie le gusta la impotencia

Posiblemente, la dolorosa constatación de nuestra parcialidad y pequeñez para afectar el curso de los asuntos importantes en el mundo, o en nuestra sociedad, colabore en que nos precipitemos en la dirección de la mentira más bonita; es decir, aquella que prometa la fantaseada solución. Aquí podemos conseguir, de nuevo, la aparición de un fenómeno psicológico que nos lleva a favorecer propuestas irreales, siempre que coincidan con lo deseado. Al sentir que nos falta la fuerza necesaria para implementar los cambios que consideramos significativos, preferimos que estos cambios avancen gracias a decisiones políticas.

Dada esta disposición, podemos entender que se abandonen vías parciales pero reales, para influir en las circunstancias de la sociedad, por mantenernos a la sombra de las promesas de los burócratas.

También por eso, la mayoría de los problemas actuales suelen presentarse en proporciones gigantes, que lucen inabarcables para un ciudadano, por más que esté interesado en organizarse con otros. Todo nos dice que seremos incapaces de lograr cambio ninguno, si no nos acercamos a los centros de poder gubernamental, entrando en la batalla política directa, o escogiendo a los que parezcan más alineados con las fantasías propias, a través del voto.

Sin escape

Nuestras decisiones están influenciadas por una infinidad de variables incontrolables y robustas. Sin embargo, por intensas que estas sean, en el fondo podemos apreciar la emergencia de una decisión personal, así sea para amoldarse a las complicaciones o, incluso, para abandonar el juego. Hasta para permitirnos la derrota, necesitamos ejercitar nuestra libertad con una decisión.

Asegurar que no existe tal posibilidad inhabilita al propio interlocutor, pues, si no hay decisión ¿quién habla? Más aún, ¿para qué hablarle? Si sus respuestas no son la manifestación de un ser con criterio y voluntad, sino un inerte y casual conjunto de circunstancias previas.

Aún si deseáramos liberarnos de la libertad, nos quedaría la responsabilidad. Solo los locos se pierden lo suficiente como para ignorarla y solo los asesinos juegan a escapar de ella.

La libertad se enferma

Finalmente, algunos imaginan que su libertad les permite irrespetar la de los demás. Esta es, con seguridad, la peor manera de concebir el tema, ya que asume los propios deseos como justificaciones automáticas de actos abusivos.

Uno de los muchos inconvenientes de esta concepción para sus adeptos, es que implica una suerte de auto-negación. Pues el irrespeto a la integridad de los demás declara, con el peso de los hechos, que la propia tampoco tiene significado o importancia. Es una metodología para conjurar una suerte de maldición hacia adentro: la elección del fracaso como único destino posible.

T. de PanAm Post 

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