“Veintidós mil y un días”

Escribe: Alberto Bejarano Ávila.-

Hasta el día en que asome una nueva tendencia será necesario analizar con tesón el penoso acaecer histórico del Tolima, al que hoy se añade la pandemia.

Ahora que el Covid-19 agobia, sería de pensar por aquello de que “las tragedias no enseñan a sufrir sino a superarse”, que éste trance nos vigorizará, pero en verdad ello hoy se ve improbable, pues tragedias tuvimos y ninguna nos enseñó a superarnos, sólo a aguantar dócilmente los graves males. Sustento lo dicho reiterando que, excluida la Ley Armero que poco duró, es imposible demostrar que en más de medio siglo el Tolima haya mostrado signos estables de progreso.

Quisiera equivocarme, pero, hasta ahora, no se aprecia que estemos dando pasos distintos y realmente convincentes o que estén llegando a su final los cuentos con que, por “veintidós mil y un días”, nos convencieron de que “ahora sí llegaba el progreso” y así obtener votos y con ellos hegemonías abusivas. Cuando la pandemia termine sabremos con certeza si las tesis del desarrollo y el discurso político serán novedosos, sesudos, profundos y honestos o si todo será igual, cosa que aterroriza, pues los cuenteros mil y una nochescos convierten la “democracia” en bazar de mezquindades y logran que el subdesarrollo sea infinito. Quizá la era postcovid traiga cambios sustanciales, el Tolima los necesita con extrema urgencia.

Con promesas de progreso, empleo y demás beneficios ficticios ganaron muchas elecciones, detentaron el poder por muchos años, obtuvieron muchas canonjías y riquezas personales, exudaron arrogancias, pero esas mentiras disfrazadas de liderazgos hoy quedaron en cueros y muestran que perdimos más de sesenta años de la era moderna. Grave error sería aceptar que, hacia el futuro, los prospectos de desarrollo que planteen nuestros líderes se basen en apolilladas e inútiles hipótesis, pues así seguiríamos “en la inmunda” y sin esperanzas.

El atento consejo que daría a los agentes del desarrollo es que el quid de éste asunto estriba en una forma distinta de pensar la economía, la política y lo social, pues seguir en lo mismo es aberración histórica e irresponsabilidad con las nuevas generaciones. Claro está que toda idea distinta o disruptiva genera más resistencia que interés en oírla y por ello quebrar éste hábito supone una etapa estructurada de diálogos para extractar del pensamiento complejo el modelo histórico y estratégico que nos permita construir esa realidad nunca vivida.

El modelo histórico y estratégico no es otro que la hoja de ruta que recurrentemente suelo señalar bajo la también repetida tesis de que hacia el desarrollo no hay una vía sino muchas vías entrelazadas. Así entonces la labor del centro de pensamiento que anuncian la CCI y el Comité Gremial sería delinear esa ruta y, además, un algoritmo (“conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema”). Estos documentos (ruta y algoritmo) los signaría la gran cumbre de líderes sectoriales por la reconstrucción moral de la región. Que el Tolima pierda otros veintidós mil y un días” sería imperdonable.

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